El contrato

Las cláusulas de mi contrato son tajantes, claras y específicas. Definen muy bien cuáles son mis funciones y son muy minuciosas respecto a las atribuciones de mi puesto. En las mismas se incluye que en caso de incumplimiento de cualquiera de ellas sería fulminantemente despedido.

Dentro de las que tengo encomendadas está la de ser conocedor de todo, desde el principio hasta el final, y no poder revelar absolutamente nada a nadie de lo que está sucediendo.

¿Por qué conozco todo? Porque es el único modo de saber sobre los sentimientos de quienes son los verdaderos protagonistas de todo esto, de los que por supuesto no formo parte. Es necesario que conozca los sentimientos para poder empatizar con todos y cada uno de ellos y así conseguir saber qué piensan en cada momento. Un solo despiste por mi parte y sí, perdería el trabajo para el que fui contratado, lo cual me daría una mala fama terrible. En una profesión como la mía el tener la más mínima tacha supondría que nadie volvería a confiar en mi buen hacer.

Volviendo a las funciones que tengo encomendadas por contrato, una de ellas es la de conocer cómo sienten, cómo piensan e incluso cómo actúan los verdaderos protagonistas de todo. Actúan, actúan, yo les veo cómo lo hacen pero… una vez más las cláusulas de mi contrato me prohíben adelantarme a los acontecimientos. Cometer un error de esta envergadura sería desastroso para quienes forman parte principal o secundaria de todo, por no mencionar las consecuencias nefastas que tendría sobre mi persona.

Dentro de las atribuciones contractuales tengo el infinito honor de  no poder pasar por alto todo aquello que ellos deberían haber hecho y no hicieron. Si cometiera este fallo, el error sería descomunal ya que marcaría, en buena medida, lo que tuviera que suceder.

Como no me gusta ser un hipócrita es el momento de reconocer que en más de una ocasión he estado tentado de inmiscuirme en según qué asuntos. Me he mordido la lengua para evitar avisarles, e incluso incitarles a hacer lo que no han hecho. Por fortuna tengo integridad, respeto mi contrato y no cometo negligencias de tal calibre. Debe ser esta falta de indolencia lo que me hizo conseguir el contrato y que no se lo dieran a otro.

El contrato, el dichoso contrato y sus cláusulas un tanto abusivas. Una de ellas es intentar comprender por qué toman las decisiones que todos y cada uno de ellos toman, sobre todo cuando es más que evidente que éstas son erróneas. Debo asumir sin más algunas locuras que cometen del mismo modo que acepto sin más sus sueños.

Sueños, la verdad es que la mayoría de ellos tienen muchos sueños al comienzo pero los van abandonando bien por necesidad, bien por frustración según los voy conociendo. Lo cual, dicho sea de paso, me produce una desazón infinita, pero como bien dice mi contrato, lo que provoquen en mí no es algo que pueda manifestar en momento alguno, so pena de, bueno… lo de siempre, dejar mi puesto a otro.

Un momento, me acabo de dar cuenta que estoy hablando de mí más de la cuenta, espero que no se haya dado cuenta nadie.

Volviendo a quienes de verdad son los protagonistas. No voy a negar que cuando las cosas se ponen feas, pero feas de verdad para alguno o varios de ellos, me encantaría jugar a ser Dios, pero ése no es el papel que tengo asignado porque ya hay otro por encima de mí que ejerce como tal, y precisamente es quien me contrató, con lo que mis ganas de creerme por encima del bien y del mal mejor las dejo para otro momento.

En el hipotético caso, fantasear es algo que me gusta como a al resto de los mortales, que pudiera ser Dios en todo este tinglado lo de penetrar en la conciencia de todos y cada uno de los verdaderos protagonistas no estaría nada mal, pero que nada mal. En el caso de algunos sería complicado porque están pelín escasos de moral, no tienen escrúpulos, no respetan nada ni a nadie, están creados para manejar las situaciones aprovechándose de quienes por conciencia no harían según qué cosas en según qué situaciones.

Tanto los que carecen de integridad como los que están llenos de remordimientos tienden a ocultar secretos, a vivir entre mentiras que les permiten hacer pasar defectos como si fuesen virtudes. De entre los defectos el que más se lleva entre toda esta ralea está el de erigirse como juez y jurado ante determinadas situaciones. ¡Qué fácil resulta siempre juzgar a los demás! Yo lo tengo prohibido por contrato, pero a solas, cuando nadie me ve, lo hago, vaya si lo hago. Cualquier día de estos meto la pata, lo que supondría el despido ipso facto alegando causa procedente.

Algunas veces dudo que se atrevieran a despedirme si incumplo con lo establecido en el contrato. Lo dudo porque sé demasiado de todos ellos. Conozco su pasado y su presente y si me fuera de la lengua porque me amenazaran con mandarme a casa el futuro de todos ellos se vería seriamente comprometido.

Un momento, que me llaman por teléfono y el número que aparece en pantalla es el de mi jefe.

-Puedes ir recogiendo tus cosas y pasando por las oficinas a cobrar el finiquito. No sé quién te has creído que eres para erigirte en protagonista de todo esto.

La voz de mi jefe suena a estar muy cabreado conmigo, pero no voy a dejarme amilanar y voy a responderle.

-Soy el narrador de esta historia, y no puedes despedirme porque te quedarías sin nadie que la contase.

Galiana

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