Historias de amor

No sé por qué me pides que escriba una historia de amor cuando sabes perfectamente que no me gusta nada hacerlo. Me resultan tediosas, absurdas e incomprensibles.

Siempre son más de lo mismo. El escenario donde se desarrolla o los condicionantes que la provocan pueden ser alterados, pero los sentimientos que hay entre los personajes y el final son invariables y espectacularmente aburridos.

Para escribir una historia de amor necesitas al menos dos personajes aparentemente inocentes, pero solo en apariencia ya que de serlo es imposible que terminen por dejarse arrastrar por todo aquello que huele y sabe a pecado. ¿Acaso las historias de amor son pecaminosas? Ni puras, virginales e inmaculadas ni un río de pecados encadenados, en el punto intermedio, como en casi todo, está la virtud.

Una buena historia de amor no es más que la sucesión interminable de una serie de incertidumbres. Tras ellas se refugian los personajes cuando son unos pazguatos cobardes, que a lo más que llegan es a provocar pena de tan lastimosos que son. Sucede que, en algunas ocasiones, en lugar de hacer de parapeto antitodo los personajes se comportan como osados aventureros, convirtiendo las vacilaciones en un rosario de situaciones descabelladas a cual más estúpida y tonta que vienen a enredarlo todo en una suerte de equívocos hilarantes y medianamente complejos.

La complejidad y el amor siempre van de la mano, no pueden separarse, y quien diga lo contrario miente como un bellaco o jamás ha amado, que es la otra posibilidad.

En el amor no hay nada sencillo, sobre todo cuando se mezclan y entrecruzan pasiones, celos, mentiras, desencantos y alguna que otra oportunidad desaprovechada.

A los escritores nos cuesta mucho inventar una trama con idas y venidas porque eso es en lo que se basa el amor. No es nada fácil mantener la tensión del argumento cuando sabes de antemano que el final consiste en lograr que de una vez nadie gane porque todos resultan perdedores aunque parezca todo lo contrario.

Tanto galimatías para que al final el escritor tenga que hacer un ejercicio de valentía y se arranque a añadir una “h” a un final que para nada es tan happy como el lector hubiera deseado.

Galiana

 

 

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