Escribiendo una historia de amor

Escribir una historia de amor nunca es fácil, sobre todo si como es mi caso una no sabe muy bien por dónde empezar. Es de suponer que lo primero que debo hacer es buscar dos personajes, hacer que se conozcan, por alguna extraña e inexplicable razón terminen juntos, y todo ello sin que nada resulte artificial.

Un momento que ya me estoy adelantando a los acontecimientos. Antes de imaginar siquiera la trama deberé pensar en cómo son los personajes. ¿Son del mismo o de diferente sexo? ¿Hay diferencia de edad entre ellos? ¿Se mueven en el mismo círculo? La verdad es que estas cuestiones surgirán con el devenir de la trama, mejor no obsesionarme por el momento con ellas.

Por aquello de enredar un poco, o quizá mucho, lo suyo es que los caracteres de nuestro protagonistas sean lo más opuestos posibles, pero entre ellos debe existir ese feeling, esa compatibilidad tan estúpidamente perfecta que nadie atina a entender por qué se complementan tan bien.

Uno de los personajes siempre lleva una sonrisa en su rostro, pero eso no significa que sea feliz, tan solo se trata de una treta para no dejar ver un pesimismo tan absurdo como irreal en el que verdaderamente vive. Intelectualmente deja bastante que desear pero lo disimula a base de cinismo, hipocresía y crueldad mezclados a partes iguales. Incapaz de pronunciar una frase que contenga más de tres palabras y todas empiezan por un “yo quiero”. Odia el silencio por lo que es capaz de estar horas en una conversación sobre pasteles, moda e hijos sin percatarse que aburre a cualquiera que esté escuchando. Ha leído dos libros en toda su vida, uno es la Biblia, su padre es pastor de la iglesia del pueblo, el otro no recuerda el nombre pero fue acerca de evitar embarazos no deseados y su madre la obligó a leerlo  viendo el desarrollo de su adolescencia pero no lo terminó porque le aburrió sobremanera.

La otra parte de esta historia al nacer se cayó en la marmita del optimismo, ve siempre la botella medio llena. Desenvuelto y tremendamente resolutivo. Dueño de sus silencios para evitar ser esclavo de sus palabras. Domina como nadie el arte de conversar hasta el punto de saber cuándo, cómo y de qué manera llevarla evitando demostrar que sus conocimientos están por encima de su interlocutor.

Se conocieron en el instituto. Lo suyo podría ser lo que se conoce como “un clásico”. Ella, la típica alumna que se sabe guapa porque lo es, con la única aspiración de encontrar un novio que la lleve al altar antes de los veinte, y a ser posible que la saque de aquel pueblucho de mala muerte y del autoritarismo religioso de su padre. En el último año del instituto ella salía con un jugador de beisbol que apuntaba maneras. De hecho fue fichado por un equipo grande y podía haber tenido un futuro maravilloso si no hubiera sido porque se empeñó en aquella estúpida carrera de coches por el acantilado.

El protagonista de nuestra historia no, no fue el muerto, porque de haberlo sido tendría que escribir un final trágico y no tengo el cuerpo para tragedias. Así pues el otro protagonista de nuestra historia es un joven profesor de literatura del instituto que volvió al pueblo donde se crió para dar clase huyendo de un desengaño amoroso del que nadie ha oído hablar jamás. Era el hermano mayor del fallecido.

La alumna y el profesor se casaron dos meses después del mortal accidente. Nadie en el pueblo entendió aquel matrimonio, ni las “prisas” por hacerlo. Todo quedó desvelado cuando seis meses después nació su hijo, los feligreses de la parroquia hicieron las cuentas, y entendieron las “prisas” de la hija de su pastor.

En esta década larga que ambos llevan juntos no han tenido más hijos. Dicen que Dios les castigó sin más descendencia porque ambos se veían a escondidas del malogrado aspirante a estrella del beisbol, no mencionan que las complicaciones en el parto tuvieran que ver algo en ello. De lo que nunca se habla es de que el bebé nació con la misma marca que tenía el finado sobre la ceja derecha, más que nada porque hay temas que es mejor no remover.

Con estos mimbres me pongo a construir una historia de amor no vaya a ser que se me eche el tiempo encima y tenga que dejarlo para otro día.

Galiana

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