La vida en happy

Mi editor y yo estamos atravesando una de esas etapas complicadas en nuestra vida. Es lo que tiene llevar una relación de tantos años, los picos de subida y bajada se alternan con las rectas como si fuera una gráfica de las que tanto le gustan a él.

Ayer tuvimos una reunión de ésas que como escritora no me gustan, porque a nadie le apetece que le digan cómo tiene que hacer su trabajo.

El caso es que me echó en cara que escribiera historias tristes, con finales amargos. Sentía que mis historias solo provocan desazón en los lectores.

Todo aquello me sonó a que las ventas de mi último libro no estaban siendo las esperadas por él, pero no siempre se puede estar en la cresta de la ola.

Conociéndome como me conoce, y como mi silencio no estaba siendo la respuesta que esperaba, quiso dar otra vuelta de tuerca.

Me pidió, más bien me ordenó, que escribiera relatos donde todo fueran sonrisas, con finales felices de ésos que invitan a ver la vida de color de rosa si mis pretensiones pasaban por verlos publicados.

No le dije nada, lo juro. Me mordí la lengua hasta hacerme sangre y callé como una puta las palabras que me venían más que nada porque una no quiere perder el trabajo.

Al llegar a casa pensé que tal vez, solo tal vez, pudiera tener algo de razón. Con esa idea y algún que otro whisky de más me fui a la cama a altas horas de la madrugada.

Me levanté con resaca, algo tarde para mis costumbres. Me senté delante del ordenador, y juro por todos los dioses que conozco que intenté escribir como él quería. Después de que se me fuera la mañana mirando la pantalla en blanco tomé una drástica decisión de la que espero no arrepentirme.

He llamado a mi editor y he mandado a la mierda su idea de no ver más que el lado amable de la vida. En mi alegato para no tener que escribir sobre una vida happy he defendido que los escritores buscamos la comunión con los lectores mediante las vivencias de los personajes, éstos deben parecerse lo más posible a quienes leen para que la identificación entre ambos sea prácticamente perfecta.

Le grité, lo reconozco, que no era culpa mía que la vida, en la mayoría de las ocasiones, fuera gris tirando a negra en lugar de multicolor con tintes rosáceos.

Antes de colgar le sugerí que se mirase en el espejo, y en soledad fuera capaz de reconocerse así mismo que el happy end es una falacia que algún editor loco inventó como táctica de venta pero que realmente no existe.

Galiana

 

 

 

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6 respuestas a La vida en happy

  1. No sé quién es tu editor, pero dile de mi parte que es un capullo.

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  2. Guillermo dijo:

    Hipótesis:
    Ser independiente, autónomo, ser, en definitiva, Indie, pasa por prescindir de editores y pasar a ser gestora de tus propias creaciones. Nadie, salvo tú, te dirá cómo debe ser los finales, promociones…

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  3. Sara dijo:

    Sin independencia estas perdido.

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