El lector

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Los hechos que hoy voy a relatar son reales, tan reales como tú quieras creer y mi imaginación pueda desarrollar, pero reales.

Hace unos días un lector contactó conmigo. El sujeto en cuestión venía a Madrid por tema de negocios y quería que le firmase un ejemplar de mi último libro, así que me buscó por las Redes Sociales y me pidió vernos.

A mi pareja no le gusta nada la práctica más que habitual que tengo de quedar con los lectores. Es un neurótico de la seguridad y ve en todos y cada uno de ellos potenciales delincuentes del tipo acosador, secuestrador e incluso violador. Dicho queda que no comparto su paranoia, más que nada porque aquí la que tiene imaginación desbordante soy yo que para eso me dedico a escribir.

Suelo quedar en la Puerta del Sol con quien desea hablar de mis libros, que le firme un ejemplar, o simplemente conocerme y subir una foto juntos a las Redes Sociales. El lugar lo he elegido porque todo el mundo, incluidos los que no viven en Madrid, saben cómo llegar hasta allí.

Volvamos un par de días atrás, al momento en el que salí del Metro en dirección a la estatua del oso y el madroño para encontrarme con el lector.

Siempre suelo llegar a las citas con cinco minutos de antelación sobre la hora, soy de las que prefiere esperar a que la esperen, pero no me hagas esperar porque tendré una sonrisa en la cara para disimular la mala leche que se me habrá puesto.

El lector cuando llegué ya estaba allí. Vestía gabardina oscura, lo normal en Madrid en un día de invierno y lluvioso. Se me acercó en plan fan total, haciendo toda clase de aspavientos con los brazos. Por un momento me sentí como esas cantantes de moda que hacen gritar a las adolescentes, y eso no es agradable porque me tengo por persona discreta y este tipo de conductas me molestan sobremanera.

Me dio un par de besos como si me conociera de toda la vida y comenzó a hablarme de mis textos a gran velocidad, atropellando las palabras, demostrando que estaba muy nervioso y emocionado por conocerme. Una vez dijo todo lo que quería decir se calló, ese silencio de “ahora te toca a ti hablar y por favor di lo que sea pero di algo”. A mí lo único que se me ocurrió fue un:

-¿Tomamos un café?

Entramos en una de las cafeterías más concurridas de Sol, una de ésas que corresponden a una franquicia. Él eligió el sitio.

El lector era un hombre que rondaba los cuarenta, con el pelo con alguna que otra cana, barba oscura, y unos increíbles ojos azules, tanto que me recordó a los de mi sobrina cuando utiliza lentillas de colores. El tipo era educado, de ésos que te abren la puerta y te ceden el paso. Pedimos un par de cafés. El suyo solo, el mío con leche fría y sin azúcar. Se quitó la gabardina que llevaba y la dobló con pulcritud dejándola en el respaldo de la silla. Me sentí un poco incómoda ya que toda su armonía chocaba con mi desorden. Él tan perfeccionista, yo dejando anárquicamente el abrigo sobre el respaldo de la silla.

Para sentarse se desabrochó el botón de la chaqueta del traje azul marino que vestía perfectamente coordinado con la camisa y la corbata. Llevaba una cartera de mano de la que sacó un ejemplar de mi último libro. Lo puso sobre la mesa y me pidió que se lo dedicara. Le pregunté su nombre. Pedro, respondió.

Mientras lo hacía pensaba que al vernos, unos minutos antes, me había parecido un poco loco con aquellos aspavientos tan presidente club de fans, ahora sentado frente tan serio, caballeroso, mi padre le definiría un hombre cabal.

Me hablaba de los relatos indicando con precisión la página, el párrafo y hasta la frase sin tener que abrir el libro.

Hablaba despacio, con frases cortas. Su voz era suave, agradable y envolvente. Me recordaba a los locutores de los programas de radio de noche.

Por alguna extraña razón empecé a sentirme inquieta. Un tipo que grita como un poseso al ver a su escritora favorita pero que ante un café se comporta como un gentleman es típico de una persona bipolar. Añadir la forma en la que colocó la gabardina, se desabrochó el botón de la chaqueta, y ordenó el servicio que el camarero había dejado sobre la mesa, me daba grima, mucha grima.

La conversación giró sobre mis textos, mi manera de escribir, las referencias estilísticas con otros autores. No había nada que me hiciera mantenerme alerta, salvo ese sexto sentido que te dice que algo está fuera de lugar.

Recogió el libro con la firma y la dedicatoria. Lo guardó en la cartera. Siempre movimientos sencillos, simples, lentos. Con la naturalidad estudiada de quienes sufren algún tipo de trastornos obsesivos compulsivos.

– ¿Puedo hacerte una pregunta personal?- me espetó.

– Haz, aunque no prometo contestarte, soy muy celosa de mi intimidad.

– Sé que tienes problemas con tu pareja. Él tuvo hace un tiempo un affaire con otra mujer. Acudís a un consejero matrimonial para salvar vuestra relación.

Lo que estaba diciendo era cierto. La pregunta era como lo sabía si ni mi pareja ni yo lo habíamos comentado con nadie. Como no era un tema del que quisiera hablar, y menos con un extraño, le interrumpí con un…

– No sé de dónde has sacado ese tipo de información, pero lamento decirte que es errónea. No debes creer todo lo que se dice de mí por ahí.

– Los dos sabemos de lo que estamos hablando- dijo de forma seca y contundente provocando un silencio incómodo, hasta que continuó.

– Doy por hecho que no vas a reconocer tus problemas sentimentales por lo que diré lo que tengo que decir sin entrar en discusiones que no harán avanzar la conversación.

Te he mentido al decirte que vine a Madrid por motivos de negocios, y también en lo referente a estar interesado en tu último libro, es más ni siquiera lo he leído. Todo lo que te he dicho son notas que me he aprendido, porque un lector verdadero me ha contratado para que representara el papel que él quería que hiciera.

– Creo que me voy a levantar y me voy a marchar a la comisaría de policía que hay a la vuelta.

– No irás a ir a ninguna parte hasta que escuches lo que tengo que decirte- su tono había pasado de amable a amenazante.

Me levanté. Se puso de pie colocándose a mi lado mientras cogía mi abrigo. Me tomó del brazo apretándolo con fuerza, y con discreción me dijo al oído que me sentase por el bien de todos.

Su voz sonaba a mafioso de los que llevan un arma en el bolsillo, por lo que obedecí muerta de miedo. Pensé en lo que me decía mi pareja respecto de llevarme un susto con los lectores el día menos pensado.

-Sé que tienes miedo, pero no te preocupes, no voy a hacerte daño, salvo que me vea en la obligación de hacerlo. Limítate a escuchar y así no tendré que hacer algo que no quiero hacer y que tú tampoco quieres que haga.

Si pretendía que me tranquilizara consiguió todo lo contrario.

-Cuando termine de hablar -Prosiguió- te pones el abrigo y sales de aquí sin mirar atrás, como si esta conversación no hubiera tenido lugar.

Puedes ir a la comisaría o no, eso lo dejo a tu elección. Para cuando vuelvas con la policía yo ya no estaré aquí y no podrán localizarme. Revisarán las cámaras de vigilancia de Sol, allí verán a un tipo de espaldas que te saluda llamando la atención; por contra las del local les mostrarán un tipo al que no se le ve el rostro y que nada tiene que ver con el de Sol, con lo que quedará sembrada la duda de si eran dos personas. Para cuando descubran la verdad será imposible localizarme.

El tipo me tenía acojonada por completo, lo reconozco. Esa especie de acojonamiento que no te deja pensar, ni tan siquiera gritar.

-Vuelvo -siguió hablando- al momento en el que te he revelado que estoy al tanto de tus problemas de pareja. La persona que me ha contratado para este trabajo, es lector de tu obra, fue él quien me hizo memorizar todo el discurso sobre lo que escribes.

Él quiere ayudarte a solucionar el problema que tienes con tu pareja. Dice que desde que averiguaste que tu pareja tenía una aventura tus relatos se han vuelto pesimistas, por lo que ha tomado cartas en el asunto.

Mientras hablaba empecé a pensar que todo se trataba de una broma pesada, por el surrealismo del asunto. El miedo empezó a desaparecer. Quería que acabase su perorata para irme a casa a reírme de todo aquello.

-Haz el favor de centrarte en lo que te estoy diciendo, es importante que estés atenta, de tu actitud depende la vida de otra persona.

El lector que te idolatra me ha contratado para que haga un trabajo Éste lo tengo que realizar la aceptes o no, solo que si lo haces será con tu consentimiento, y él se sentirá menos culpable.

– No sé de qué tipo de trabajo se trata, pero no quiero saber. Termina lo que tengas que decir y deja que me vaya. -Todavía estoy pensando cómo se me ocurrió decir aquello con voz de estoy hasta las narices, pero el caso es que lo dije y lo único que conseguí fue que él pusiera una sonrisa de ésas que asustan.

– El lector me ha contratado para que asesine a tu pareja. Lo cual haré en un par de días, y como te he dicho antes da lo mismo si aceptas o no.

En ese momento pensé que estaba en una especie de cámara oculta. Mi pareja se encontraba de viaje en Bruselas, y allí iba a permanecer toda la semana, con lo que todo aquello no era más que un montaje absurdo de un tipo cuyo desequilibrio mental era más que evidente.

Me levanté. Cogí mi abrigo. Salí de allí. El tipo siguió sentado. Entré en el Metro camino de casa. En el trayecto pensé que nunca más iba a quedar con un lector desconocido.

En casa mi pareja me estaba esperando, había suspendido su viaje alegando que era el momento para pensar en nosotros y no en el trabajo. Le conté lo que había pasado con el tipo que había fingido ser un lector. Me dijo que no me preocupase, porque locos hay por todas partes.

Hoy es el día en el que el tipo dijo que asesinaría a mi pareja. Él salió al trabajo a primera hora de la mañana como todos los días. En un par de horas estará de regreso. Es raro que no me haya llamado a la hora de comer, salvo que haya compartido ese tiempo con su socio.

Dos personas que se han identificado como inspectores de policía acaban de tocar el portal para que les abra la puerta. Están subiendo. Estoy sola en casa. He llamado a mi pareja por teléfono y no contesta.

¿El asesino que contrató el lector habrá hecho su trabajo?

Galiana

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Acerca de Galiana

Escritora
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23 respuestas a El lector

  1. Yo creo que no ha hecho su trabajo, ha vuelto con la otra mujer y está pasando tan buen rato que se le ha olvidado que tiene que volver a casa.

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  2. Hay una cosa que no entiendo. Si el asesino está contratado para matar a la pareja de la escritora,¿ por qué razón se lo cuenta a ella si de todas formas lo va a hacer? ¿Qué sentido tiene contárselo y poner en sobre aviso a su víctima? No creo que lo haya matado. Pudiera ser que el fan que contrató al asesino sea su propia pareja. Tal vez para demostrarle que que tenía razón con sus paranoias aunque en este razonamiento no me encajan los inspectores de policía.

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  3. galiana dijo:

    Tendremos que hacer un relato poniéndonos en la mente del asesino

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  4. Natalia dijo:

    Galiana…haz el favor de terminar el relato!😘

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  5. Fermín dijo:

    El guionista que llevo dentro me señala un camino: Tu propia pareja, diagnosticada en secreto de una enfermedad mortal, de evolución rápida y dolorosa, ha contratado a un profesional para que haga el trabajo de acabar con su vida de forma aséptica, rápida e indolora. En un rapto de lucidez, decidió ahorrarte el sufrimiento de ser testigo de su deterioro, despertar tu empatía para que perdones su desliz y, de paso, actuar de modo que puedas cobrar el jugoso seguro de vida que ha contratado sin ningún problema, cosa que no sucedería en caso de un suicidio asistido. De paso, siembra en tu mente la semilla de infundir optimismo en tus textos que, aunque no será posible de inmediato, acabará germinando y te reportará beneficios literarios. Siempre según su criterio. Son cuatro objetivos distintos para una sola acción con un corolario indiscutible: Te quiere.

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  6. Efectivamente tienes una imaginación desbordante, ¿quedamos a tomar un café? ¿te atreves?

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  7. Pues claro que el sicario ha hecho su trabajo. Y lo ha hecho dejando pistas que la señalan a ella (a ti) como principal sospechosa. Y es que los escritores son más fructíferos y creativos en cautividad (Cervantes, Miguel Hernández, el Marqués de Sade, Wilde). Ve haciendo las maletas.

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  8. torpeyvago dijo:

    —¡Cari! ¡¿Qué haces aquí?! —pregunté corriendo hacia él.
    —Nada, el jefe, que me pidió solucionar unas cosas aquí. ¿Y esa efusión?
    Después de comérmelo a besos, le conté lo que pasaba. Él ni lo dudó. Nos fuimos a presentar una denuncia. Incluso habló con Martínez, el jefe esclavista, para tener unos días de permiso y pasarlos conmigo. Porque me había afectado: la verdad es que jamás me había pasado nada así y me sentía indefensa, falta de confianza y algo abrumada.
    ¡Qué curioso! Esta especie de depresión mía nos llevó a una suerte de reconciliación. Durante dos o tres días disfrutamos de nuestra compañía, hicimos el amor como si nos fuese la vida en ello, salimos a comer y a cenar todas las veces que no lo habíamos hecho en varios años anteriores. Fue él quien insistió en no ceder al miedo. Teníamos que vivir como si ese «asunto» del fan no hubiese existido.
    El tercer día visitábamos el mercado del barrio de Torrenegra, el pequeño rastro que se monta cada quince días y al que llegan ciertos artesanos del latón con sus teteras, bandejas y tazas. Él sabe que me gustan esos adornos y que me pasaría la vida entre ellos. Nos paramos a mirar un juego lacado en azul y rojo, y mi chico tiró una de las tazas más cercanas al borde.
    Se agachó a recogerla.
    Sonó un disparo.
    Yo morí.
    ***
    Planeé matar a la loca de la escritora hace más de un año, precisamente basándome en un relato suyo. Hice que alguien me amenazara, y que luego la asesinase a mi lado. De esta manera yo sería doble víctima: la de un intento de asesinato y un viudo desconsolado. Hablando de consuelos, ahora estoy en Munich con Alicia Martínez, mi jefe y amante.

    PS.-Ya quedaremos para que me firmes un libro. Pero la zona de Goya es mi «territorio»… ¡Juarl, juarl, juarl…! <– Risa siniestra

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  9. galiana dijo:

    Muchas gracias
    Goya es una zona que frecuento bastante

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  10. Pienso que después de un día de trabajo intenso, quedaste dormida en el sofá viendo alguna película de terror. Todo lo que cuentas que te ha pasado es un sueño, fruto de tu mente.

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