Resolviendo un asesinato

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Lo mejor de ser escritor es que das la sensación de saber de casi todo, pero  no sabemos de casi nada, eso sí quedamos muy pero que muy bien. ¿Cómo lo conseguimos? Conjugando el verbo aparentar con cuatro “tonterías” que soltamos en el momento oportuno mezcladas con enormes dosis de imaginación.

Las cuatro “tonterías” nos las traemos de casa leídas, que nacemos como todos no sabiendo nada de nada, las leemos. Aquí es donde está la madre del cordero. Los días tienen 24 horas, y dando gracias porque si tuvieran más serían terribles. Los escritores nos pasamos el día entre palabras, escritas o leídas, y algún que otro bourbon, sobre todo si te lo traen con una sonrisa y una caricia.

La cuestión es que en esta vida no se puede hacer dos cosas de cierta importancia a la vez, leer y escribir, por lo que o hacemos una o la otra. Al final los escritores nos decantamos por versar nuestros relatos sobre temas sencillos y fáciles, como el amor, el odio, el sexo, los hijos, la soledad, la incomprensión o la felicidad. Para ello no tenemos más que observar a nuestro alrededor, sentar a la mesa a la musa correspondiente que, por cierto, es la que me trae la bebida espirituosa, y darle a la manivela de la imaginación para que las palabras fluyan sobre la pantalla del ordenador. Suena a sencillo, pero tiene su aquel.

Ahora bien, hoy me he levantado con ganas de hacerme la puñeta a mí misma, tal vez porque anoche bebí demasiado y tengo una resaca más que considerable. El caso es que no me apetece lo más mínimo escribir sobre la locura, la envidia, la soberbia o los egos desmedidos, necesito poner un asesinato en mi vida.

Opciones tengo, muchas y muy variadas. Puedo desde sembrar las calles de la ciudad al más puro estilo Jack “El destripador”, incluyendo que la policía lleve desde 1888 buscando al asesino, o leer en los manuales de criminalística cómo apiolar a una persona sin que la sangre salpique por doquier, que luego llegan los del CSI pasan la dichosa lucecita azul, luminol para que todos nos entendamos, por todas partes y por mucho que limpies siempre encuentran una gotita insignificante que termina por ser la culpable de verte en Chirona por una larga temporada.

Volviendo a los manuales de criminalística, los cuales son de obligada lectura si lo que uno pretende es convertirse en un asesino que logre pasar a la historia, una de las primeras lecciones que allí vienen es que lo fundamental es deshacerse del cadáver. Ahora bien, esto es tarea compleja porque o lo haces bien, o mejor ni lo intentes. Es cierto que si la policía no encuentra el cuerpo no hay delito de asesinato, puede que, de desaparición, pero no es lo mismo que te condenen por una cosa que por la otra. Como lo que buscamos no es una condena sino salvar el pellejo, y somos conscientes que los cuerpos sin vida no se esfuman por arte de birlibirloque, dejemos que la policía lo encuentre, pero asegurémonos que no haya nada que nos incrimine.

El cadáver en medio de la calle, a la vista de todos. A ser posible en el mismo escenario donde hemos cometido la fechoría, trasladar un cuerpo supone dejar pistas que “los sabuesos” de la brigada criminalística puedan llevarse a la boca, que les des un festín gigantesco.

En la brigada criminalística están los policías: Los que llevan la placa a la vista para que centremos nuestra atención en la misma y los que van de paisano camuflados, ésos son los que de verdad sonsacan la información y encuentran pistas imposibles.

La policía es peligrosa, pero a quien de verdad hay que temer en estas lides es a los forenses. Examinan el cadáver en la escena del crimen, en la mesa de la sala de autopsias, encuentran miles de cosas que por separado no dicen nada de nada hasta que hallan una y ¡zas! las unen todas, es en ese momento cuando de asesino impune pasas a ser carne de presidio.

Una vez que tengo como escritora claro que voy a cometer literariamente hablando un asesinato, que me tengo que cuidar de los forenses tanto o más que de la policía, y que no debo saltarme una sola de las reglas del manual que estudian los criminólogos veamos como resuelvo sobre el papel el asunto.

Aquella noche el equipo de Sheridan estaba de guardia. Algunos hasta que empezara la función, porque de seguro empezaría, se dedicaban a terminar informes atrasados, otros a jugar con los compañeros a videojuegos, a leer folletines románticos, a darles las buenas noches a los hijos… distracciones que se puedan dejar en el instante en que toca dejarlas y salir corriendo.

Como entraba en las previsiones entró un aviso. Un vecino había llamado por teléfono informando sobre cómo una persona yacía sobre una gran mancha de sangre en la acera de la 35.

Sheridan frunció el entrecejo, puso cara de que aquello no le gustaba un pelo. Esa calle está ubicada en uno de los barrios más selectos de la ciudad. Los muertos que allí se investigan, que los hay, suelen aparecer en el interior de sus magníficas viviendas. La mayoría son muertes accidentales que claramente nada tienen que ver con actos criminales, algún que otro suicidio que tampoco deja lugar a dudas, o son muertes naturales las cuales una vez llega el forense el resto del equipo se va a casa porque allí no hay nada que hacer.

Una mujer tendida en medio de la acera sobre un charco de sangre suponía que la noche iba a ser muy larga. Sheridan sabía que tanto él como los suyos iban a tener mucho, pero que mucho trabajo por delante. Realizar el mismo iba a suponer muchas dificultades, más de las que se encuentran en los barrios más desfavorecidos.

En ambos barrios impera la “ley del silencio”, pero en los marginales el personal canta si se le pone un buen fajo de billetes, o si se tiene una serie de “soplones” y de “infiltrados” que cumplen con su trabajo a la perfección. En las zonas residenciales habitadas por poderosos el dinero no suelta lenguas, y encima como “molestes” a quien no debes te juegas el puesto que estos estirados hacen una llamada y te envían de patrullero en un plis plas.

Sheridan y los suyos llegaron a la 35. La patrulla ya tenía la zona acordonada, con algunos curiosos justo detrás del cordón policial. La suerte de estar en un barrio de esas características es que los curiosos no salen a la calle a recrearse con el dantesco espectáculo, se limitan a descorrer los visillos para fisgonear sin ser vistos, el morbo es el morbo se tenga una cuenta corriente repleta de ceros o a cero.

Dando vueltas alrededor del cadáver de la joven en un principio hubo mucha gente recogiendo con pinzas cosas que metían en bolsas o en frascos de cristal. En un momento dado se quedaron solos Sheridan y Flanagan, el jefe del equipo forense. Ambos se agachaban, escudriñaban, se ponían de pie, cuchicheaban entre ellos. Aguardaban la llegada del juez, éste no llegaría hasta el alba. Nunca lo hacen antes de esa hora y nadie sabe bien porqué, pero es como una costumbre que tienen todos y cada uno de ellos.

Flanagan y Sheridan se apartaron del cadáver. Se colocaron bajo una de las farolas, casi al otro lado de la calle. El policía tenía una tablet en la mano que no paraba de toquetear. El forense hablaba pausado, tranquilo, su interlocutor asentía con la cabeza sin pronunciar palabras hasta que…

– ¡No me jodas! Si ordeno que cierren el barrio entero los poderosos que viven aquí estarán dándonos por culo antes que hayamos terminado de colocar la última valla. Esta gente tiene poder, contactos, no podemos cometer un error o pedirán nuestras cabezas y los de arriba se la van a servir en bandeja de plata.

-No es necesario todo el barrio, solo la 35.

– Ven y mira quienes viven en esta calle -dijo señalando la tablet- empezando por la Fiscal Bristol que tiene unas ganas locas de meternos mano porque el año pasado la hicimos perder el caso de los Parrish y desde entonces nos la tiene jurada, tanto o más que el abogado engominado y trajeado que va de perdonavidas por los tribunales con el que hemos tenido nuestros más y nuestro menos.

Dime que podemos salir de ésta sin tener que tomar una medida como esa. Si tengo que dar la orden estamos jodidos. No quiero tener que lidiar con los gilipollas que viven aquí.

Ambos hombres se quedaron callados, mirándose el uno al otro. Sheridan sabía que Flanagan tenía razón, y el forense que había que acotar la búsqueda antes que a alguien le diera por descolgar el teléfono y dejar que la muerta fuera un caso cerrado sin siquiera haberlo abierto.

Tenían tendido en la acera el cadáver de una mujer que rondaba la treintena. Había sido apuñalada con un cuchillo de cocina clavado en el corazón. No había signos de lucha entre ella y su agresor, con lo que o le conocía o bien no le vio venir.

La disposición del arma indicaba que la persona que lo hizo era zurda, lo cual descartaba a todos los diestros de la zona, que para empezar ya era mucho ya que la población en su mayoría utiliza la derecha.

El apuñalamiento se había efectuado sin, previamente, derribar al suelo a la víctima, con lo que la persona que lo hizo debía tener fuerza para poder hacerlo.

Quien lo hizo era más alto que la víctima, pero eso no suponía muchos descartes porque la fallecida medía uno sesenta y cinco, altura fácilmente superable por cualquiera.

El hecho de que el arma con que se había cometido el crimen fuera un cuchillo de cocina indicaba que había sido algo no planificado, pero eso no elimina la idea de que en la mente del asesino estuviera la premeditación de cometerlo.

Quien lo hizo vio la ocasión perfecta y no lo dudó, utilizó lo que más cerca tenía, que era un cuchillo de cocina. La hora en que se produjo el apuñalamiento con resultado de muerte coincide con la que en casi todas las casas de la zona se prepara la cena, con lo que esto no servía para descartar a demasiados sospechosos.

Flanagan espetó – Quien lo hizo está entre los mirones. Fue un acto impulsivo, necesita asegurarse que nadie le va a señalar.

Sheridan envío a “los de paisano” a mezclarse con los mirones y eliminar como sospechosos a los que a simple vista pudieran ser diestros, y no tuvieran la fortaleza física suficiente como para clavar un arma en el corazón de una mujer delgada sin tener que tirarla al suelo, que vistiera con ropa cómoda de estar por casa.

Los sospechosos se reducían a media decena. Tendrían que buscar algún indicio más que pudiera reducir la lista. En un barrio como ése llevar a seis personas a comisaría como sospechosos suponía que nada más llegar les estarían esperando una cohorte de abogados penalistas, y con solo mover un dedo no dejarían que les preguntarán ni su nombre.

Sheridan y Flanagan volvieron junto al cadáver de la joven. La miraron detenidamente sin decirse nada entre ellos. El forense tocó el hombro del policía. En silencio regresaron bajo la farola.

– ¿Entre los sospechosos cuantos tenemos que estén casados o comprometidos?

La tablet redujo a la mitad los hombres que podían haber cometido el asesinato. Uno era un reputado cirujano estético, antiguo quarterback del equipo de su universidad. El segundo hace años había pasado de ser el guardaespaldas de la hija del dueño de una prestigiosa cadena de hoteles a ser su marido. El tercero, un fornido actor y famoso actor de películas de acción en la cima del éxito.

-De los tres, ¿cuántos crees que tiene posibilidades de engañar a sus mujeres con una señorita de compañía?

-Flanagan, ¿qué te hace pensar que la víctima ejerce la prostitución? No hemos encontrado su bolso, no tenemos identificadas sus huellas dactilares porque no está fichada por ninguna clase de delito.

-Está todo muy claro. Sé quién es el culpable de los tres

– ¿Quién?”

Llegados a este punto de la historia te toca intervenir.

¿Quién de los tres es el asesino?

Galiana

 

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12 respuestas a Resolviendo un asesinato

  1. Yo también lo sé, pero debería decir que sé quién de los cuatro es el asesino si se trata de que no haya pistas incriminantes. De no ser así y tener que elegir entre los tres propuestos, me quedo con el antiguo guardaespaldas casado con la rica heredera: es el que más tiene que perder ya que, sin su mujer, se queda «pelao». Los otros tienen sus carreras y patrimonio propio.

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  2. Si uno de los sospechosos hubiera sido un futbolista, habría sido más fácil. Aun así, por analogía, creo que el asesino es el cirujano plástico que fue quaterback en la universidad. De todos es sabido que a los universitarios populares (si era quaterback, seguro que era popular), les gusta la marcha. Además, al ser cirujano, se le presuponen conocimientos anatómicos que facilitarían el asesinato. Por otro lado, la chica podría haber sido cliente suya y podría haber tenido algún desliz con un final poco agradable para el cirujano.

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  3. Peppo dijo:

    Ha sido el que está casado con la hija del dueño de la prestigiosa cadena de hoteles Es el que más tendría que perder caso de que le descubran una infidelidad

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  4. A mí me parece que es el engreído actor y personaje famoso, que al verse o sentirse rechazado la asesinó

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  5. amparohounie dijo:

    El asesinato no ocurrió allí. Llevaron el cadáver en coche.

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  6. ¿Por qué iba se iba a dejar ver por allí un famoso actor en la cima del éxito? No creo que fuera recomendable dejarse ver por allí; dudo que fuera ese tipo de acción el que le hubiera encumbrado en sus películas.
    Quedan dos.
    La seguridad con que el forense afirma conocer quién ha sido el asesino podría sugerir que el arma homicida fuera uno de los cuchillos de cocina utilizado en la cadena de hoteles del suegro de la víctima (en el relato de los hechos se sobreentiende que no es la hija). Así que supongo que el forense ha identificado el cuchillo como el arma que encontró el asesino más a mano, y, por lo tanto, el antiguo guardaespaldas.

    (El forense sabe que no es necesario ser cirujano para asestar una puñalada certera en el corazón de la víctima, y que cualquier puñalada certera en el corazón es letal. Por otra parte, un quaterback no es necesariamente corpulento)

    Un saludo

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