El color de los personajes

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Hace unos días acudí a una entrevista con un compañero periodista para promocionar mi último libro, cosa que tenemos que hacer los escritores si es que queremos que nuestras creaciones lleguen a los lectores. La entrevista iba de lujo hasta que me hizo una pregunta que no sé yo si supe contestar acertadamente.

El periodista me preguntó:

— ¿En qué te basas para dotar de personalidad a los personajes de tus relatos?

Le respondí que el color de la tinta de la pluma con la que escribo es la culpable de carácter de mis personajes.

Mi respuesta le pareció una milonga o, mejor dicho, una excentricidad de ésas que tenemos los escritores hasta que le aclaré con detalle el proceso:

—No es un secreto que mis escritos los hago con pluma y papel, como en la vieja escuela. De allí los paso al ordenador, por supuesto, pero es en un viejo cuaderno en blanco donde toma cuerpo el texto. La historia la tengo en mi cabeza, donde durante algún tiempo da vueltas, y más vueltas, como si se tratase de una peonza, hasta que un día brota por si sola.

Abro el cuaderno y el relato fluye, sin más. Es el color de la tinta con la que escribo la que dota al personaje de una u otra personalidad. Aquellos que manan con el rojo son pasionales, y por alguna extraña razón que desconozco, suelen ser mujeres que dan miedo a hombres timoratos y misóginos. Son más inteligentes que bellas, e incluso una mezcla de ambas que aterra, porque nada provoca más temor que una mujer poderosa, controladora, de ésas que son capaces de sonreír mientras besan a un bebé pero que son de la piel de la madrastra de Blancanieves como poco.

Los personajes que salen de la pluma de color azul son más bien anodinos, sumisos, imbéciles. Todos ellos buscan con desesperación «una habitación para lloricas» porque son tan sosainas que se pasan el relato «llorando». No son perdedores. Casi nunca vencen, pero tampoco el lector les identifica con el perdedor, están en tierra de nadie. Conformistas, aceptan lo que les toca vivir como mal menor. Previsibles e insustanciales hasta la extenuación.

La tinta negra da personajes oscuros, repletos de obsesiones. Tendentes a vivir en las sombras. Habitantes de los bajos fondos. No tienen moral ni principios. Gustan de vivir al borde del precipicio, si tienen que saltar lo harán sin remordimiento, y si en su caída al abismo pueden arrastrar consigo a otro personaje de la trama mucho mejor. Toscos, zafios, groseros, cobardes. El lector les ama y les odia a partes iguales.

Ya en casa y viendo el vídeo de la entrevista se me ha ocurrido una idea. He sacado el cuaderno en blanco, las plumas cargadas con los tres colores y la esperanza de demostrar que son ellas las culpables del carácter de mis personajes. Te toca distinguir entre el azul, el negro y el rojo.

“—Cariño, ¿quién te llama a las tres de la mañana?

—Bosco —contesté con voz de «¿quién va a ser?, el de siempre»—. Está en la comisaría del distrito y tiene un problema con un detenido.

—El abogadito —dijo con sarcasmo— tiene un problema, y llama a la «caballería» para que le salve el culo.

—Frank, no seas así. Le conoces, no es mal tipo, solo que no vale para ser abogado.

—Por eso mismo le colocamos allí cuando la imbécil de su novia, la de las tetas operadas, le exigió que hiciera de letrado y dejara de ser tu «secretaria» en el bufete.

Me levanté de la cama y fui al baño. Bajo la ducha pensé en Bosco. Nos conocimos con tres años en el colegio. Me llamó la atención porque los demás niños se llamaban José, Carlos, Alberto, nombres que conocía del parque, de la familia, de los vecinos, pero era el primer Bosco que conocía. El nombre imprime carácter, en este caso la excepción confirma la regla. Bosco siempre fue un sosaina, un sin sal que decía mi abuela. Desde niños se convirtió en mi sombra y, por alguna extraña razón que jamás he podido comprender, he permitido que así fuera. Estudió leyes porque yo quería ser abogada, no porque le interesase el mundo del derecho. Juntos abrimos el bufete, y enseguida se dio cuenta de su falta de aptitudes para dar la cara en los juicios, carece labia y le sobra bondad. Es bueno armando sobre el papel los juicios, se conoce como nadie los vericuetos para hacerme ganar los casos. Es más, sin él a mi lado no sería la abogada que he conseguido ser en estos más de veinte años de profesión.

Salí de la ducha. Me sequé. Me puse rímel en las pestañas y carmín rojo. Frank roncaba bajo las sabanas cuando me enfundé en el traje de chaqueta y falda estrecha negro con una camisa blanca. Necesitaba un café, pero ya me lo conseguiría Bosco cuándo llegara a la comisaria.

Estaba sentado en un banco en la entrada, la cabeza hundida entre las manos. Ni siquiera me vio llegar. Me senté a su lado.

—Ya estoy aquí. Ahora vamos a ir a la cafetería, y me cuentas lo que ha pasado.

Temblaba como un flan. Tuve que ayudar a que se incorporase. No estaba hecho para el turno de oficio, ni mucho menos para atender a los detenidos en aquel distrito, pero quería colgarse una medalla delante de su novia y había que respetarle.

La cafetería estaba cerrada. Tuve que conformarme con una máquina que se tragaba las monedas sin parar hasta que un policía le dio un golpe y comenzó a poner café, malísimo, pero café.

Bosco, entre sollozos, trató de relatarme los hechos. Le habían llamado para que atendiera a un proxeneta. Estaba acusado de un delito de agresión sexual y de causarle lesiones graves a una mujer, qué ejercía la prostitución bajo su protección. Me enseñó el expediente, el cual nos habían entregado gracias a la más que generosa «propina» que le paga el bufete al funcionario de turno. En el interior estaba el parte del hospital donde constaban no solo las lesiones que el sujeto le había procurado, incluía unas fotografías ante las que solo exclame:

—¡Qué hijo de puta! Se va a pasar una buena temporada entre rejas por salvaje.

Entonces Bosco se descompuso, y supe que algo había pasado entre el animal proxeneta y él. Como pudo me explicó que al entrar en la sala que tienen habilitada para que los abogados hablemos con el cliente, éste se encontraba esposado, que se sentó frente a él porque pensó que nada podía temer. El sujeto le confesó ser el autor de aquella monstruosidad, y hasta se pavoneo de haberla cometido. No sabe muy bien cómo pasó, pero el tipo se liberó, cogió el bolígrafo bic con el que Bosco estaba tomando notas, lo partió y se lo puso en la yugular mientras le decía:

—No sé cómo lo vas a hacer, picapleitos, pero me vas a sacar de aquí esta misma noche. Sé que eres socio de un prestigioso bufete, si no salgo de aquí hoy mismo sin cargos lo que le he hecho a «mi chica» no va a ser nada con lo que le haga a tu socia.

No pudo decir más porque entraron un montón de policías, ya serían menos, y le redujeron. Bosco salió de allí y me llamó. No había vuelto a ver al detenido.

—No te preocupes. Yo me ocupo de todo. Solo espérame aquí.

Pedí ver al detenido. Entré en la sala. El tipo al verme sacó todo el machismo que llevaba dentro. Le dejé hablar. Cuando me harté de tanta grosería, de tanto lenguaje zafio contra mí por el mero hecho de ser mujer, le pregunté.

—¿Conoces a Frank «el rojo»?

—Es al único que tengo que darle cuenta de mis actos.

—¿Conoces a su mujer?

—No, salvo que sea puta, pero no creo, «El rojo» según tengo entendido apunta más alto.

—«El rojo» tendrá conocimiento de la monstruosidad que has hecho y, como bien has dicho, rendirás cuentas ante él.

Salí de la aquella habitación. Bosco seguía sentado en un banco aún descompuesto.

—Nos vamos a casa —le dije.

—¿Y el detenido?

—No te preocupes más por él. No vas a defenderle, vas a alegar disconformidad con la defensa planteada o algún otro motivo personal, ya veremos. Regresé a casa después de haber dejado a Bosco en la suya, metido en la cama y con un lorazepam para que durmiera horas. Me puse un café, de los de verdad. Encendí la radio, el locutor estaba explicando una noticia de última hora:

«En los calabozos de la comisaría del distrito central se ha encontrado el cuerpo sin vida de un proxeneta, detenido la noche anterior por haber violado y dado una paliza a una prostituta».

Me di un sorbo de café cuando Frank entró en la cocina.

—Has regresado pronto. Supongo que el problema lo has solucionado

—Del todo, cariño, del todo —le dije mientras le besaba apasionadamente.”

Galiana

P.D.: Mi agradecimiento al asesoramiento en temas procesales al abogado toledano y compañero de universidad, Isidoro Sánchez Torres.

 

 

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Acerca de Galiana

Escritora
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15 respuestas a El color de los personajes

  1. El azul es ella, porque es el color del cielo: todo paz y tranquilidad. El rojo es Bosco porque el miedo que desprende te hiela la sangre roja. El negro es Frank “el Rojo” por ser un tipo muy oscuro dentro del relato.

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  2. Es una verdadera maravilla ver como todavía la escritora utiliza pluma, tintero y bloks en los que ir añadiendo color a su creación literaria. Mi sincera felicitación. Yo soy un aficionado que sólo se hacerlo con el ordenador delante de las narices. He sentido una sana envidia.

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  3. Escribes enseñando las técnicas para aprender los que no sabemos hacerlo.
    Gracias.
    Me ha gustado mucho,
    Gracias.

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  4. torpeyvago dijo:

    Soy muy torpe, o has mezclado las tintas. A mí la protagonista me sale granate, el proxeneta marrón y el leguleyo gris.
    Vaaaaale, no hago trampas: Ella roja, el abogaducho azul y el proxeneta y el «Rojo» negro.
    Bueno, ella me sigue saliendo granate.
    PS.- Un gran relato.

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  5. fejalex dijo:

    Ella es rojo oscuro, el abogado es gris, muy pálido. El proxeneta es azul oscuro, casi negro (como el título de aquella película). Frank es negro como la noche…

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  6. Ella rojo pasión. el abogado un gris anodino, el proxeneta es,,,no me sale el color lo siento y Frank, totalmente negro tan negro que no es color,

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  7. Pingback: El color de los personajes – Manuel Aguilar

  8. María dijo:

    Impresionada con este maravilloso relato.

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