Justificando profesiones de los protagonistas

Galiana octubre 2015

No sé a ti, me refiero a ti que estás leyendo esto, pero la relación de complicidad que llevamos teniendo en estos últimos meses me ayuda a crecer como escritora, y es por eso que te busco cada vez que me siento a ejercer mi oficio y una duda atenaza el folio en blanco.

En esta ocasión me he atorado con la profesión a elegir para mis personajes. Debo justificarla dentro de la trama, de no hacerlo ¡qué más da si los protagonistas construyen edificios o los derriban!

En el relato que trato de escribir hay varios personajes, a todos y cada uno de ellos hay que justificarles el trabajo que desempeñan, y eso es complicado.

Empecemos el relato que para luego es tarde.

Nuestra protagonista principal es escritora, como servidora. Por si no recuerdas en qué consiste mi oficio es sencillo, ponemos nuestra imaginación al servicio de los lectores.

La protagonista principal de este relato llevó su gato al veterinario. El animal se ha hecho no sabemos cómo, ni tampoco viene al caso, un arañazo en la cara. Le han tenido que dar puntos y para que no se rasque, con la pata o con lo que sea, y se haga más estropicio le han puesto una pantalla de plástico en el cuello de lo más ortopédica. ¡Todo sea por el bien del animal!

La herida del animal justifica que el otro personaje del relato sea un veterinario, pero si la historia quedara aquí que ella sea escritora nos daría exactamente lo mismo, con lo que debemos continuar escribiendo.

Resulta que el veterinario elegido se lo recomendó una periodista con la que mantiene una larga amistad desde hace años.

Ya lo estamos complicando más porque ahora tenemos otro personaje y otra profesión que debemos justificar. No, si al final nos va a quedar un relato coral de ésos en los que es complicado entender nada si no estás muy atento, así que por si acaso te recomiendo que no pierdas comba.

De momento tenemos una escritora, con una profesión que no nos sirve para nada, con un gato herido. Un veterinario que cura al animal y que es la nueva pareja sentimental de una periodista qué no sabemos si es que va a informar sobre lo sucedido con el animal o qué.

El veterinario podría reconocer a la escritora porque es de ésas que tiene sus libros en el escaparate de unos grandes almacenes de la calle Callao de Madrid que se te meten por los ojos sí o sí, y para evitarlo te subes por la calle Montera hasta Gran Vía y de allí a Plaza de España, que es donde está la consulta del veterinario, y el escaparate de cierta librería te recuerda que el último libro de la susodicha lleva siendo número uno en ventas desde el pasado otoño.

El veterinario, al igual que tú, no tiene el dichoso libro. Como la consulta de animales la tiene abierta desde las nueve no ve el programa de televisión que dirige su actual compañera sentimental y donde la escritora colabora opinando sobre todo lo que le da la real gana, tenga o no relación con los libros que escribe.

Ya tenemos justificada la profesión de la periodista, y encajada, con calzador eso sí, en la trama del relato. Seguimos teniendo un problema, no hemos encontrado nada que explique por qué la dueña del gato es escritora ya que para ir a un programa de la tele a hablar no se requiere haber escrito un libro, solo tener algo de enchufe.

La periodista le ha indicado que vaya con el gato herido a ver su actual pareja sentimental no porque quiera presumir de tipo guapo, a qué negarlo, el veterinario lo es, sino para que éste ponga en contacto a la escritora con una compañera de estudios que es patóloga veterinaria y que va a ayudar mucho a su amiga en el nuevo proyecto que quiere poner en marcha.

Mal camino llevamos. Añadimos más personajes, con su correspondiente justificación profesional.

El nuevo personaje que acabamos de introducir en escena, es patóloga veterinaria, vive en África, concretamente en las proximidades del Parque Nacional del Serengeti. El mismo que de tantas veces como hemos visto en los documentales de la televisión creemos conocer como si fuera nuestra casa.

La escritora ha decidido ir a África porque, ¡ah! que todavía no lo habíamos dicho, sus libros son de aventuras, de ésos en los que te cuentan sobre la vida y costumbre de un país, o un continente, en poco más de 800 páginas y que sirven para ponernos los dientes largos a los que quisiéramos conocer mundo pero no tenemos dinero.

Voy a saltarme toda la preparación del viaje porque si no en lugar de un relato escribiría una novela, y no es esa mi pretensión.

Estamos ya en África, donde la patóloga veterinaria ha recibido a la escritora en el aeropuerto y la ha llevado hasta lo que parece ser un hotel de lujo en pleno corazón de Tanzania.

El sitio es un conjunto de cabañas de madera, con techo de paja. La escritora al verlo solo piensa en el cuento de “Los tres cerditos”, en la parte en la que el lobo dice:

-“…y soplaré, soplaré, y tu casa derribaré.”

Aquí como vengan los leones y les dé por soplar lo mandan todo a hacer puñetas y luego hacen un picadillo de ternera humana que como aperitivo no debe estar nada mal.

La patóloga veterinaria es experta en leones, ésos que resultan ser primos hermanos del gatito que la escritora llevo al veterinario. Cumplidos con los requisitos del registro en el hotel la patóloga la acompaña a la cabaña que será su hogar en los próximos días. La estancia está compuesta de una habitación amplia, con cama de matrimonio con una enorme mosquitera que la envuelve como si fuera el envoltorio de un caramelo, una especie de saloncito, un baño, y unos enormes ventanales que muestran la sabana africana mires por donde mires.

Ambas quedan en la cabaña que está en el centro de todas y que hace las veces de restaurante a la hora de la cena, y será entonces cuando conozca al resto del equipo.

Antes de dejarla sola le da un bote de cristal cerrado y le dice que se lo unte por todo el cuerpo para evitar las picaduras de los mosquitos una vez se asee.

El ungüento huele a matarratas que echa para atrás. La sola idea de ponérselo por el cuerpo le resulta repulsivo hasta que al ver el tamaño de un mosquito en el lavabo decide untarse el emplaste hasta en los dientes.

A la hora de la cena conoce al equipo que le va a enseñar los secretos ocultos de África, o al menos así se lo han vendido.

Atención, que tenemos más personajes que se incorporan y debemos seguir justificando profesiones, y todavía tenemos coleando la de la escritora y la patóloga veterinaria.

El equipo está integrado por dos personas. Una es una mujer pequeñita, delgadita, con los ojos saltones, verdes, sí, pero saltones como los de un sapo, ella es la conductora. El otro es un tipo negro, que pasa de los dos metros tanto a lo alto y a lo ancho, de ésos que te dan un abrazo tipo boa constrictor, es el guía del safari.

Tras la cena la mujer pequeñita es la encargada de acompañar a la recién llegada a la cabaña y se despide con un:

-Intente descansar lo que África le deje.

¿Cómo que lo que África me deje? Piensa la escritora. ¿Esta mujer es tonta o qué?, con el palizón que traigo en el cuerpo del viaje voy a caer en la cama que mañana no me despiertan ni todas las alarmas del mundo.

La aventurera se mete en la cama, cierra los ojos y de repente entiende las palabras de la conductora.

-¿Por qué nadie le ha dicho que los leones y demás animales de la sabana no dejan de emitir sonidos amenazantes durante toda la noche? ¡Joder! que los humanos necesitamos dormir y con tanto elefante barritando y demás no se puede, alguien debería poner algo de orden ahí fuera, aunque solo fuera por mantener vivo el turismo.

Sin apenas pegar ojo suena el despertador. No le ha dado tiempo a salir de la cama cuando llaman a su puerta con delicadeza. Abre, allí está el tipo enorme negro.

-La estamos esperando a desayunar. Salimos en treinta minutos.

-Gracias por avisar.

La escritora cierra la puerta, se asea con rapidez, se viste y mientras piensa en el guía del safari. Es fuerte por fuera y delicado por dentro, como a ella le gustan los hombres.

Terminan los cuatro el desayuno y la mujer diminuta, pero con voz chillona desagradable, que se me había olvidado comentarlo, dice:

-No nos demoremos más, que se nos hará tarde.

La escritora piensa, ¿tarde para qué?, ¿acaso los leones tienen un horario para darse una vueltecita por la sabana?

El vehículo que les va a transportar es un jeep que más parece un tanque. ¿La canija ésta va a ser capaz de manejar ese trasto? La escritora necesita que el guía la ayude a subirse al mismo porque para hacerlo si no has escalado como poco el Everest no tienes nada que hacer.

El coche arranca, y con ello la aventura. Lo de imaginar llegar al Parque del Serengueti por una carretera asfaltada no. El lugar por el que van, calificarlo como un camino de cabras sería otorgarle la categoría de autopista.

El guía del safari va sentado en el asiento delantero, la patóloga veterinaria y la escritora detrás. El hombre mira por el espejo retrovisor a la escritora mientras le va dando instrucciones que debe seguir al pie de la letra, ésta asiente con la cabeza hasta que la conductora apunta.

-No olvide que en África los errores se pagan con la vida.

Lo dicho, la conductora es medio boba por no decir que boba entera.

El trayecto se desarrolla entre las imbecilidades de la que maneja el vehículo, los comentarios entre el guía y la patóloga sobre que el ambiente está raro y el silencio de la escritora.

Ésta solo piensa por qué coño dejó que su amiga la periodista la embaucara en esta aventura, por qué su editor no dijo que le parecía una locura, y por qué…

Una hora y media más o menos de avanzar todo recto y hacia delante la patóloga veterinaria, dice.

-Estamos entrando en territorio de Wrede, a partir de aquí debemos estar más atentos.

Si hubiera dicho en el territorio de los Masái la escritora sabría a qué se refería, pero Wrede, ¿qué era eso? Miedo le daba preguntar, pero…

-¿Quién o qué es Wrede?

-Estamos en el territorio que domina Wrede, que significa cruel – Responde la patóloga, con un tono que invita a que no pasa nada, que todo está bajo control, pero que tú sabes que no.

Antes de lanzar la siguiente pregunta, la escritora echa un vistazo al arma que lleva entre las piernas el guía, y que le ha dicho que solo dispara dardos tranquilizantes en el caso que algún animal les ataque.

-¿Wrede es una tribu o algo así?

-No – contesta la conductora con esa vocecita de “lo que estoy disfrutando con lo ignorante que eres bonita” – Wrede es el león más cruel que hemos conocido en el Serengueti en décadas.

Eso te pasa por preguntar, se dice a sí misma la escritora, mientras le tiemblan las piernas y la mano de la patóloga le coge las manos tratando de tranquilizarla.

La escritora está a punto de decir que la aventura se acaba aquí y ahora, que ya tiene material para un nuevo libro sin necesidad de haber visto ningún león, cuando el coche se detiene.

El guía la ayuda a bajar del jeep con calma. Nadie le ha preguntado si quiere salir del coche, y no entiende por qué están allí en el medio de la nada, expuestos a todo.

La patóloga veterinaria se agacha mirando el suelo. La escritora solo ve que unos hierbajos secos están aplastados vaya usted a saber por qué, cuando la experta en leones afirma con rotundidad:

-Wrede ha tenido una pelea con otro macho y está herido. Es peligroso estar hoy aquí, volvamos al jeep.

Ya tenemos justificación para la patóloga veterinaria, ¿o tal vez no no?

La escritora no sabe qué le pasa pero sus piernas están paralizadas. El guía se da cuenta, la coge en brazos y la sube al jeep. La conductora arranca y continúa en la misma dirección en la que iban. Quisiera gritarle pero no puede:

-¡Estás loca! Da la vuelta, no tenemos que seguir de frente, para volver al hotel es en la dirección contraria.

En el interior del vehículo nadie habla, es un silencio raro, de ésos que se califican como la calma antes de la tormenta. Durante el camino el ruido del motor se mezclaba con sonidos que la patóloga explicaba a la escritora a que animal pertenecían. Ahora solo se escuchaba el motor del coche y nada más.

Un golpe enorme sobre el techo del jeep. El coche se detiene de forma brusca. En el capo solo puede verse un animal que golpea con furia el cristal y emite un sonido que te sacude el cuerpo como si tuvieras un ataque de no sé sabe qué.

-Wrede ha venido a darle la bienvenida en persona.

Odiosa chillona conductora de mierda, si no fuera por el miedo que tiene la escritora la sacaría por la ventanilla para que le sirviera de aperitivo al bicho, pero con lo poco que abulta la pitufa no le llenaría ni el hueco de una muela.

El león sigue rugiendo de tal manera que las horquillas del moño que lleva la escritora se le aflojan, el pelo le caería por la espalda si no fuera porque la tiene la pegada al asiento.

De repente siente pena por el animal. Lleva una herida muy fea en la cara que le sangra abundantemente. Ahora sería el momento en que la patóloga veterinaria se bajase del jeep, le limpiase la herida, le pusiera betadine, le diera unos cuantos puntos y le colocará en el cuello la pantalla que tuvo que llevar su gato para que no se rascase y se le infectase. La escritora reacciona buscando la pantalla de plástico por el interior del jeep. Al girar la cabeza mira por la ventanilla y ve como cuatro o cinco leonas, que abultan como si fueran una docena, están preparadas para saltar sobre el jeep. Se olvida de la pantalla y solo piensa que las leonas se están relamiendo solo de pensar en darse un festín con todos ellos.

Suena un disparo, los leones desaparecen como por arte de magia. El guía ha sacado una pistola por la ventanilla y les ha salvado a todos de ser devorados.

Llegados a este punto creo haber justificado las profesiones de todos los personajes. Pero no estaría bien que dejase la historia sin un final.

La escritora regresó sin un rasguño, con material para su próximo libro. De allí se trajo un suvenir que le va a mostrar a su amiga la periodista, dentro de un momento, ya que ambas se encuentran sentadas en una terraza de la Castellana de Madrid tomando un aperitivo.

¿Cuál es el suvenir que la escritora se ha traído de África?

Galiana

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22 respuestas a Justificando profesiones de los protagonistas

  1. Negro sobre blanco.
    Un relato espléndido.

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  2. begonia dijo:

    ! El repelente de mosquitos !
    Has logrado que viva la aventura, mi divina escritora

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  3. Fermín dijo:

    Le costó trabajo facturarlo, más que nada porque el pequeño avión que hacía enlace Dar es Salaam-Nairobi tenía una bodega de carga muy limitada. No obstante, tras mucha persuasión y algún que otro soborno, logró que embarcaran el bulto de 1,5 m x 1 m x 1 m, envuelto en diferentes capas de plástico que, después, voló a Madrid en el A321 de Iberia.

    Ya en su casa, al quitar todo el en envoltorio, emanó el aroma que, vívidamente, trajo a su mente la evocación de Wrede y su afectuosa bienvenida; el asiento trasero de un jeep impregnado de unos efluvios naturales que certificaban una experiencia inolvidable. El problema ahora era dónde colocarlo y explicar a todas las visitas el por qué de su “encanto”.

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  4. GCS dijo:

    Conociendo aduanas Africanas q no permiten sacar nada verdadero del Serengeti, puede ser un falso colmillo d león o un pelo de elefante, en una cajita, poco mas se puede traer como souvenir, a menos q con una cucharita y una vez seca, introdujeses una muestra escatológica de algún protagonista del relato, magnifico, por cierto.

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  5. En principio pensaría que le llevaría un felino por similitud con los leones, pero como está en la ciudad, creo que le llevará un peluche de un león para contarle toda la historia con un ejemplo “gráfico”

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  6. Wescebú dijo:

    Una máscara tribal

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  7. Maria dijo:

    Una foto del león herido. Creo que es la conexión entre todos los personajes. Fantástico relato.

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  8. En una visita a la garganta de Olduvai encontró restos fósiles de una mandíbula y varios dientes que parecen humanos y muy antiguos. Decide hablar con la periodista para que la ponga en contacto con la paleoantropóloga María Martinón-Torres, que fue entrevistada por ella hace años.

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